En sus brazos.

Por Diego Pacheco

Mi familia y yo teníamos nuestra economía resuelta. Casa en Barrio privado, auto para mi esposa y para mí, escuela privada y bilingüe para mis hijas. Creí que todo eso, era gracias a mi esfuerzo y estaba orgulloso, como si eso fuera todo lo importante. Sin embargo, siempre pensaba: “¿qué pasaría si todo esto no fuera así?”, pero rápidamente me convencía pensando que a mí no me iba a pasar.

Mis días pasaban así, disfrutando de todo lo que logré con “mí esfuerzo”, hasta que el mal que yo temía, vino a mí, como dice Job 3:25-26 NVI

Lo que más temía, me sobrevino; lo que más me asustaba, me sucedió. No encuentro paz ni sosiego; no hallo reposo, sino solo agitación».


Yo conocí a Dios a los 12 años, pero nunca había tenido un encuentro con Él, como el que pronto sucedería.

Poco a poco, ese bienestar económico se fue desmoronando. Entré en desesperación, pensé en terminar con mi vida, en dejar a mi amada familia. Con mi casa ya perdida y sin trabajo estable, entré en un cuadro de depresión. Cada día era una tortura, no podía mirar a mis hijas y esposa a los ojos. En ese momento, mi hija mayor, Coni, tenía 10 años, Paula 7 y Nanu 6 meses. Llegué a odiar a mis padres, a quienes culpaba de lo que me pasaba, a tal punto de desaparecer de mi casa el día de mi cumpleaños, para no verlos.

Aún así, mi madre insistía con amor en que habláramos, que esto tenía salida. Hasta que, ese día en el que pude charlar con ellos, sentí que mi carga se aliviaba. Mi viejita me dio un CD de Marcos Witt, “Dios de pactos”, y tímidamente empecé a escucharlo y a creer que Él era un Dios que cumplía sus promesas, como “nunca te dejaré ni abandonaré”, o que Él ha sido fiel, y que siempre lo será.

De a poco empecé a sentir esa paz que no tiene lógica, que sólo Dios puede dar, a pesar de lo que podía pasarme. Sentí que necesitaba más de Él, y escuchaba prédica tras prédica, y más música. Esa paz que sobrepasa todo entendimiento, fue a partir de ese momento absoluta.

Las pruebas comenzaron a llegar, y era tan fuerte la presencia de Dios en mi familia, que no había nada ni nadie que la pudiera anular.

Llegó el momento de tomar decisiones, ya que teníamos que dejar la casa en la casa que vivíamos. Dios fue abriendo y cerrando puertas con tanta claridad, que sólo teníamos que dejarnos llevar, en sus brazos.

Desde febrero del 2004, vivimos en Neuquén. Dejamos amigos y familia en Bs As., pero acá encontramos una familia de Dios, que nos contuvo, que nos acompañó en esos primeros tiempos difíciles, cuando el desarraigo más duele.

Hoy tengo un Dios amoroso, misericordioso, generoso, que cuida de mí y de mi familia, que se agrandó primero con la llegada de mis yernos Matías y Alexis, quienes son como dos hijos más para mí, pero también me dio mi primera corona: mi nieta Lena, a quien no puedo dejar de mirar y amar.

Dios nunca me hizo faltar nada, sino por el contrario, me dio más de lo que esperaba, y me muestra día a día, que sólo importa estar con Él.

Cuando ponemos nuestra fe en nuestros conocimientos, en nuestra capacidad, y creemos que no necesitamos a Dios, nuestra vida va a la deriva.

Solo Dios, puede darle sentido y rumbo a nuestra vida. Porque al que Dios tiene, no necesita nada, solo Dios basta.

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